¿Puede un creyente perder al Espíritu Santo?
El Espíritu Santo sella y permanece en el creyente como garantía de la fidelidad de Dios; el pecado entristece esa comunión, pero la Escritura no describe pérdidas y recuperaciones repetidas del sello.
El Espíritu Santo sella y permanece en el creyente como garantía de la fidelidad de Dios; el pecado entristece esa comunión, pero la Escritura no describe pérdidas y recuperaciones repetidas del sello.
La elección que separó a los discípulos del mundo produce el odio del mundo; el Parácleto y su propio testimonio los sostendrán cuando llegue la hora de la persecución.
La sanidad divina es posible porque Dios no ha cambiado, pero no es una promesa universal; la fe bíblica confía en Dios tanto si sana como si sustenta en la aflicción, y la esperanza cristiana descansa en la resurrección.
La blasfemia contra el Espíritu no es una palabra impulsiva sino el rechazo endurecido del testimonio del Espíritu acerca de Cristo; quien se arrepiente y busca a Dios no la ha cometido.
Jesús es la vid verdadera en la que todo pámpano debe permanecer: separado de él nada puede producirse; unido a él, el fruto que el Padre busca es inevitable y su gozo, compartido.
El Espíritu Santo obra activamente hoy, pero la norma para reconocer su voz no es la intensidad de una experiencia sino la conformidad con la Escritura que Él mismo inspiró.
El Espíritu Santo habita en todo creyente verdadero, pero el mismo Espíritu distribuye dones diversos en el cuerpo de Cristo; la unidad espiritual de la iglesia no exige uniformidad de experiencias ni igualdad de dones.
Jesús promete otro Parácleto que permanece para siempre; esa presencia está vinculada al amor que se expresa en obediencia y que abre la inhabitación del Padre y del Hijo en el creyente.
Un maestro confiable no es quien nunca se equivoca sino quien permanece sometido a la Escritura, centrado en Cristo y coherente en carácter; la verdad no teme el examen bíblico.
La Escritura no obliga al creyente a escoger entre honrar a sus padres y obedecer a Cristo; le ordena hacer ambas cosas y jerarquizarlas correctamente según el señorío de Cristo sobre toda relación humana.