La esperanza del peregrino: vivir mirando la ciudad venidera
13 agosto 2026
Discernimiento cristiano sobre la identidad del creyente como ciudadano celestial y peregrino en un mundo temporal.

Introducción formativa
Toda sociedad procura formar un sentido de pertenencia. La familia, la nación, la profesión, la cultura e incluso las causas ideológicas ofrecen una identidad que promete estabilidad y propósito. Sin embargo, la Escritura enseña que el creyente posee una identidad más profunda que cualquiera de esas realidades. Antes que ciudadano de una nación terrenal, es ciudadano del reino de Dios; antes que habitante definitivo de este mundo, es peregrino en camino hacia una herencia eterna.
Esta perspectiva no invita al desprecio de la creación ni a la indiferencia hacia las responsabilidades presentes. Más bien, redefine la manera en que el cristiano entiende su lugar en la historia. La esperanza futura no debilita la fidelidad presente; la orienta. La pregunta, entonces, no es si el creyente debe vivir en el mundo, sino cómo debe hacerlo sin olvidar que la ciudad que busca aún está por manifestarse plenamente.
Marco doctrinal previo
La Escritura presenta al pueblo de Dios como una comunidad peregrina desde el principio de la historia de la redención. Los patriarcas vivieron en la tierra prometida como extranjeros porque esperaban una herencia que trascendía toda posesión temporal (Hebreos 11:8–16).
La pertenencia principal del creyente corresponde al reino de Cristo. Esa realidad determina su identidad y alimenta la esperanza de la futura manifestación del Señor (Filipenses 3:20–21).
Los discípulos de Cristo son llamados extranjeros y peregrinos en medio de las naciones. Esa condición espiritual tiene implicaciones éticas concretas para la lucha contra el pecado y la manera de vivir delante del mundo (1 Pedro 2:11–12).
La Iglesia reconoce que ninguna ciudad terrenal constituye su destino definitivo. Mientras cumple su misión en la historia, espera la ciudad permanente preparada por Dios (Hebreos 13:14).
La consumación del plan redentor culminará con la nueva creación, donde Dios habitará con su pueblo y toda consecuencia del pecado será definitivamente removida (Apocalipsis 21:1–5).
El principio en conflicto
Dos errores opuestos aparecen repetidamente cuando se pierde la perspectiva bíblica de la peregrinación.
El primero consiste en convertir el mundo presente en la esperanza definitiva. En esta visión, el éxito personal, el progreso social, la estabilidad económica o la preservación de una determinada cultura llegan a ocupar el lugar que únicamente corresponde al reino venidero. Aunque muchas de esas realidades pueden ser legítimas, dejan de ser medios para convertirse en fines.
El error contrario consiste en interpretar la ciudadanía celestial como una justificación para el aislamiento o la indiferencia hacia las responsabilidades temporales. Bajo esta perspectiva, el trabajo, la familia, la justicia, el servicio al prójimo y el cuidado de la creación pierden importancia porque todo sería considerado pasajero.
La Escritura rechaza ambos extremos. El creyente no absolutiza este mundo, pero tampoco abandona el mundo donde Dios lo ha colocado para servirle fielmente hasta la venida de Cristo.
Evaluación teológica
La identidad del creyente nace de la promesa de Dios y no de su residencia terrenal
Hebreos 11 presenta a los hombres y mujeres de la fe viviendo en medio de circunstancias históricas concretas sin permitir que esas circunstancias definieran el alcance de sus esperanzas. Abraham habitó en tiendas porque esperaba «ciudad con fundamentos», cuyo artífice y hacedor es Dios (Hebreos 11:10, 13–16). La fe bíblica siempre mira más lejos que las posesiones visibles.
Esta enseñanza impide identificar la plenitud de la vida cristiana con cualquier proyecto temporal. Ninguna ciudad presente es permanente (Hebreos 13:14); la esperanza del creyente permanece anclada en las promesas inmutables de Dios (Hebreos 6:17–20). La estabilidad verdadera procede del carácter del Señor y no de las estructuras humanas.
La ciudadanía celestial transforma la manera de vivir en la tierra
Cuando Pablo afirma que «nuestra vivienda es en los cielos» (Filipenses 3:20), describe una pertenencia presente que gobierna la vida entera, no una evasión de la vida presente. El contexto contrasta a quienes viven únicamente para las cosas terrenales con quienes esperan al Salvador. La diferencia no radica en abandonar las responsabilidades cotidianas, sino en el objeto de la esperanza.
Por ello, el creyente participa responsablemente en la sociedad sin convertir ninguna realidad creada en el fundamento de su identidad. Jesús enseñó a buscar primeramente el reino de Dios (Mateo 6:33), mientras Pablo exhortó a realizar toda labor para la gloria del Señor (Colosenses 3:17, 23–24). La vida presente adquiere significado precisamente porque está subordinada al reino eterno.
La condición de peregrino exige una santidad visible
Pedro llama a los creyentes «extranjeros y peregrinos» inmediatamente antes de exhortarlos a abstenerse de los deseos carnales y mantener una conducta honorable entre los gentiles (1 Pedro 2:11–12). La peregrinación no es solamente una descripción doctrinal; produce una manera particular de vivir.
Esta relación entre identidad y conducta atraviesa todo el Nuevo Testamento: la conducta sigue a la pertenencia. Por eso Romanos 12:1–2 llama a no conformarse a este siglo, mientras Efesios 4:22–24 describe la renovación del hombre conforme a Cristo. La santidad cristiana brota de una identidad recibida por gracia y orientada hacia la consumación futura.
La esperanza escatológica sostiene la perseverancia
La esperanza cristiana no consiste simplemente en un estado espiritual futuro, sino en la renovación completa de la creación bajo el gobierno perfecto de Dios (Apocalipsis 21:1–5). La nueva Jerusalén representa el cumplimiento definitivo del pacto, donde Dios habita con su pueblo y elimina para siempre la muerte, el dolor y el pecado.
Esta esperanza fortalece la perseverancia presente. Hebreos 13:14 recuerda que aquí no tenemos ciudad permanente, mientras Romanos 8:18–25 enseña que la creación misma espera la redención final. La tensión entre el sufrimiento actual y la gloria futura permanece abierta hasta el regreso de Cristo. La Escritura no elimina esa tensión; llama al creyente a perseverar confiando en la fidelidad de Dios.
Aprendizajes para la iglesia y el creyente
La iglesia debe recordar continuamente que su identidad no depende del reconocimiento cultural ni del poder institucional. Su misión consiste en anunciar el evangelio, formar discípulos y vivir como pueblo santo mientras espera el retorno del Señor (Mateo 28:18–20; Filipenses 3:20). Cuando la iglesia olvida que es peregrina, corre el riesgo de medir su éxito únicamente por parámetros temporales y de perder de vista la esperanza que proclama.
Para el creyente individual, la conciencia de ser extranjero orienta las decisiones diarias. El trabajo, la familia, la participación cívica y el servicio al prójimo siguen siendo responsabilidades dadas por Dios, pero ninguna de ellas puede convertirse en la fuente definitiva de seguridad o significado (1 Pedro 2:11–12; Colosenses 3:23–24). La esperanza futura libera al cristiano tanto de la desesperación cuando pierde bienes temporales como de la idolatría cuando los posee.
Finalmente, la expectativa de la nueva creación fortalece la perseverancia en medio de la prueba. Hebreos 11 muestra que la fe soporta porque mira lo que Dios ha prometido, mientras Apocalipsis 21 dirige la mirada hacia el cumplimiento definitivo de esa promesa. La iglesia vive entre la primera y la segunda venida de Cristo, sirviendo con fidelidad en el presente sin olvidar que su hogar definitivo aún está por manifestarse.
Conclusión formativa
El cristiano no vive dividido entre dos mundos, sino orientado por uno mientras sirve en el otro. La esperanza de la ciudad venidera no disminuye el valor de la obediencia presente; le da su verdadero significado. Precisamente porque la creación será renovada, las obras realizadas en fidelidad al Señor poseen un propósito que trasciende las circunstancias pasajeras.
La Escritura presenta al creyente como peregrino no para producir desarraigo, sino para afirmar su verdadera pertenencia. Su vivienda es en los cielos, su esperanza descansa en las promesas de Dios y su destino culmina en la nueva creación donde Cristo reinará plenamente. Hasta ese día, la iglesia camina por fe, sabiendo que ninguna ciudad terrenal puede reemplazar la que Dios mismo ha preparado para su pueblo.
¿Quieres saber cuándo publicamos algo nuevo?
Cada estudio bíblico, devocional y artículo que publicamos en Cimientos Bíblicos llega directo a tu WhatsApp — sin algoritmos, sin ruido.
Guarda este número en tu agenda y escríbenos con la palabra LISTO.
Recibe cada publicación nueva
Estudios bíblicos, devocionales y artículos directamente en tu correo. Sin ruido.